Estaba repartiendo pan en una tienda de productos gourmet. Llevaba varios días observando el ‘café más caro del mundo’, y pensé: “¿por qué no hago yo el pan más caro del mundo?”
El pan más caro del mundo lo elaboramos con ingredientes de primera calidad seleccionados cuidadosamente: sal de roca, extraída a mano evitando detonaciones para no dañar el entorno y no contaminar; harinas ecológicas de quinoa, chía y avena; tomate deshidratado; malta tostada y agua dura de la sierra de Algatocín.
Pero los ingredientes que explican su precio de 1.480 euros por hogaza de 400 gramos son otros: el oro y la plata, que se mezclan con la masa en tres formatos: polvo, copos y shabin (trozos).
El oro y la plata no aportan sabor. El pan más caro del mundo sabe al pan de antes y te transporta a otra época. Eso es posible gracias al buen hacer de nuestros panaderos y las harinas utilizadas en su elaboración, que no están modificadas genéticamente, ni tienen aditivos ni mejorantes.
El oro tiene propiedades beneficiosas para el organismo, ayudando en la eliminación de toxinas y retardando el envejecimiento de la piel. Ya en la antigua China, allá por el 2500 A.C., se usaba con fines medicinales y se consideraba un elixir para alargar la vida.
No todos nuestros panes se hacen con oro o plata, ni cuestan 10.000€ el kilo.
Tenemos una variedad de más de 170 tipos de panes. Todos tienen en común ingredientes sin procesar y masa madre fermentada, primando siempre la salud del que consume nuestro pan.
Pues nuestros panes de oro y plata viajan muchos kilómetros llegando a los Emiratos Árabes, Rusia, Los Ángeles, e incluso China pero también se consumen en hoteles de lujo malagueños de la Costa del Sol.
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